Tengo una pregunta para vosotros: desde esta mañana, cuando habéis abierto los ojos, hasta este momento, ¿cuántas decisiones habéis tomado? Me doy cuenta de lo extraña que puede parecer una pregunta así, pero intentad responderla de todos modos. Serán más o menos una docena, ¿verdad? Siento decepcionaros, pero según un estudio realizado en la Escuela de Medicina Clínica de Cambridge, cada día tomamos unas 35 000 decisiones. Algunas las tomamos de forma consciente, claro, pero la mayoría se producen casi sin que nos demos cuenta. Entonces, ¿quién decide por nosotros?
En el mundo de la psicología hay pocas superestrellas. Claro, está Freud, pero su estatus es más bien el de un icono y una fuente inagotable de citas. Por el contrario, una estrella en el Paseo de la Fama de la psicología le corresponde sin duda a Daniel Kahneman, el único psicólogo (¡hasta ahora!) que ha ganado un Premio Nobel. Junto con Amos Tversky, Kahneman demostró que décadas de teorías económicas se basaban en una premisa errónea: partiendo de la hipótesis de que los seres humanos somos seres perfectamente racionales, no lograban explicar por qué las personas se comportaban de manera irracional. ¿Qué impulsa a una persona a comprarse un café carísimo en Starbucks, a hacer cola a las 5 de la mañana para comprar el nuevo iPhone o a comer en un restaurante con estrella Michelin? Gracias a sus investigaciones, Kahneman ha demostrado que nuestra supuesta racionalidad es, en realidad, una ilusión. En el 98 % de los casos, tomamos nuestras decisiones basándonos en un sistema de pensamiento totalmente irracional que ni siquiera llega a involucrar las partes más evolucionadas de nuestro cerebro, un sistema basado en los estímulos que nos llegan del entorno, de nuestras experiencias pasadas o de nuestros hábitos.
Más recientemente, Richard Thaler ganó el Premio Nobel al explicar quién, muy a menudo, toma decisiones por nosotros. Pensad en cualquier supermercado: ¿dónde se encuentran los productos de primera necesidad, como el agua y el pan? ¿Y os habéis fijado alguna vez en que los productos más apetecibles, esos que nos hacen la boca agua con solo mirarlos, están colocados exactamente a la altura de nuestros ojos? Ah, y cómo olvidar los caramelos y otros dulces que nos esperan en las cajas… Estos, como tantos otros que nos rodean, son ejemplos evidentes de lo que Thaler y su colega Cass Sunstein han dado a conocer como «nudge», esos empujones que orientan nuestro comportamiento. Hay que recordar que nuestro cerebro es un poco como un Ferrari: una obra maestra de la ingeniería cuyo funcionamiento nos fascina, pero que necesita enormes cantidades de combustible para funcionar. La ecuación se vuelve entonces muy sencilla: si cada decisión que tomamos conscientemente consume una gran cantidad de recursos, ¿cómo podemos reducir ese consumo? Sencillo: tomando menos decisiones de forma consciente, gracias a una obra maestra de la economía (y la psicología) evolutiva, y dejando que sea el entorno que nos rodea el que oriente nuestro comportamiento.
¿Y queréis saber qué es lo más divertido de todo lo que os he contado hasta ahora? Que hay personas que, en su vida profesional, se dedican precisamente a aplicar estos (y muchos, muchos otros) conceptos para facilitar el proceso de cambio de las personas. He dicho «divertido» porque todavía me cuesta un poco acostumbrarme a que este sea realmente mi trabajo, y sin embargo, todo diseñador conductual que se precie hace precisamente esto: parte de la investigación de las teorías, estudia el contexto, comprende a las personas que tiene delante y el tipo de cambio que están a punto de experimentar, y hace que todo ello converja en un proyecto de cambio. Se trata de hipótesis que hay que validar, de variables impredecibles que, sin embargo, hay que prever, de sistemas complejos que de vez en cuando te hacen preguntarte si la«rocket science»de la que hablan los estadounidenses es realmente tan difícil. Porque, veréis, aunque las ciencias del comportamiento son un campo en fuerte crecimiento y rápida expansión, el del diseño conductual es un sector que solo se está formalizando en los últimos años. Y esto significa que, día tras día, hacemos descubrimientos, avanzamos un paso más en nuestra comprensión del comportamiento humano y de cuáles son las mejores palancas para impulsar su cambio y, sobre todo, aprendemos a aplicar nuestros conocimientos en los distintos contextos. Debo decir que, como persona que siempre ha buscado certezas absolutas, no está mal saber que formo parte de un sector en constante evolución. Te da la oportunidad de experimentar probando soluciones que, a primera vista, parecen absurdas, de aventurarte en ese inmenso laberinto que es la mente humana y de dar rienda suelta a la curiosidad científica y la creatividad en busca de algo que, por muy cercano que parezca, siempre conservará su encanto inescrutable.
